6/10/2013

EL ANZUELO


Pese a su nombre su muerte no podría calificarse de digna. Pensándolo bien no había nada de digno en él, la seriedad de su rostro no recordaba la dignidad sino el malhumor. Era de mal genio, esto explica en parte el que haya muerto en una pelea. De un machetazo en el cuello.

Lo del machetazo escandalizó a todo el pueblo, Digno no había sido tan malo para morir así. No era un tipo malo, sólo malhumorado. Era un hombre responsable, un pescador juicioso que llevaba la comida a su familia. Bebía como todos, pero no era malo, de mal talante quizás. Corto de entendederas. 

Espero equivocarme al decir que todo el pueblo se escandalizó, quiero creer que hay unos pocos que recuerdan el episodio de Oliverio, después de todo yo no era el único que estaba en la ensenada ese día, había también pescadores y gente del parque. Todo se repetía igual que los amaneceres anteriores, Digno subía las carnadas a la canoa antes de tiempo y las gaviotas y pelícanos se aprovechaban y se robaban unas cuántas antes de que los espantara.

Era terco el hombre, yo llevaba ya un tiempo observando a los pescadores y ninguno cometía este descuido, lo último que subían era las carnadas y mientras tanto se cuidaban de taparlas y ponerlas en un lugar seguro. Digno no aprendía la lección y todas las mañanas yo era testigo de su pelea con los pájaros. Lo veía alejarse iracundo, maldiciendo a los pelícanos, de espaldas al sol.

En la estación le habíamos cogido cariño a Oliverio, tenía una expresión digna, sobrellevaba su vejez con gracia. Como todos los pelícanos viejos no podía ir muy lejos, estaba cansado y su visión se había deteriorado. Comía las sobras que encontraba en la ensenada y lo que nosotros le dábamos, pero siempre tenía hambre. El día anterior a su muerte le había robado buena parte de las carnadas a Digno que montó en cólera y lanzó una sarta de insultos y maldiciones, me las pagarás pajarraco de mierda.

No era la primera vez que Oliverio le robaba. Yo había tratado de hacerle entender  al pelícano que no debía hacer eso, pero pronto entendí que era Digno el que debía aprender a cuidar sus carnadas.

Al otro día de haber amenazado a Oliverio Digno llegó un poco más temprano que de costumbre, me saludó con una risa burlona y empezó su rutina de preparación para la pesca, como siempre dejó las carnadas expuestas a los pájaros. Vi, como tantas veces ya, a Oliverio robándole la carnada. Parecía que la escena iba a repetirse igual que siempre, pero esta vez Digno esperó a que alzara el vuelo y jaló el hilo de pesca desgarrándole la garganta. Lo vi caer al mar.

De eso hace ya un par de semanas, esta mañana recibimos aquí en la estación la noticia de la muerte de Digno. Nadie se ha atrevido a comentar nada. Almorzamos en silencio.


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