10/17/2010

De la pertinencia de un sindicato de vendedores de helados

(Fragmento de aquella novela inexistente)


Iba con cierta frecuencia a ese parque, no hubo una sola vez en la que no viera a esa señora con su carrito de helados, siempre sonriente y dispuesta.A juzgar por su impecable delantal blanco tomaba muy en serio su oficio.Parecía haber nacido para eso. Siempre que le compré helados fue amabilísima. Aún así había alguna cosa que hacía que yo no tuviera ganas de acercarme a ella y mis ganas de comerme una paleta desaparecieran. Es probable que aquella cosa fuera precisamente su sonrisa, esa como felicidad incómoda que en el fondo me daba lástima.

En esta ciudad el clima es en extremo variable, el mismo día puede hacer un calor extenuante y un frío de perros, puede brillar el sol y llover de un momento a otro. Antes de salir de casa todo está despejado, la temperatura agradable, el sol en todo su esplendor, pero dos horas después puede verse uno empapado bajo la tormenta. No hay ninguna señal de que vaya a pasar lo uno o lo otro y los meteorólogos no aciertan. No creo que haya ninguna ventaja en esto, pero si la hubiera no podría ser otra sino el consecuente refuerzo de la capacidad previsora de la gente, obligada a cargar sombrilla todos los días si no quiere mojarse.

Las condiciones no son pues las mejores para los vendedores ambulantes de helados. Todos sabemos que la gente no compra helados en los días fríos. Es preciso observar que estas personas son bastante humildes para entender lo que un día nublado significa para ellas. Por ser gente que vive del día a día, sus necesidades básicas dependen exclusivamente de la venta de helados, que tengan en la noche un lugar donde dormir y algo que comer depende del clima. La señora en cuestión siempre sonreía, incluso los días nublados cuando no había casi nadie en el parque. Ella simplemente estaba ahí parada con su carrito de helados; en la mitad del inmenso parque vacío esperaba que alguien apareciera no sé de dónde y le comprara un helado. Yo no quería acercarme a ella, me daba algo de pesar, pero lo más definitivo para mí era el patetismo de su sonrisa, no me cabía en la cabeza que estuviera feliz en un día tan malo y que su optimismo fuera tal que la hiciera quedarse ahí esperando un cambio en los designios meteorológicos de la divina providencia, designios muy caprichosos como hemos visto.

Imaginarme por un momento lo que es depender completamente de algo externo, en absoluto incontrolable, como el tiempo, me produce un fastidio enorme. La señora sonríe sin embargo, no sé si es que su estado de ánimo no depende de las ventas y del éxito de su jornada o si es que puede ser feliz habiéndose entregado de ese modo al azar.*

* Lo mismo vale para los vendedores de sombrillas

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