11/19/2012

La culebra roja




Nos alejamos de la parte turística por unos días, recorrimos pueblos polvorientos y olvidados de Quintana Roo y Yucatán. Me sorprendía que geográficamente estuvieran tan cerca de la parte turística cuando culturalmente estaban tan lejos como Bogotá del Sahara. El pavimento azotado por el sol casi derretía los neumáticos. En la carretera se asomó un niño vendiendo agua de coco. ¡Para! Le dije a H, compremos agua de coco. Retrocedimos, el niño se acercó a nuestra ventana, los músculos de la cara contraídos, los ojos semi cerrados, una mueca de angustia:

_Se murió una culebra. Y nos señaló algo atrás.

H y yo volteamos a mirar, pero el punto no era completamente visible a los escasos grados que nuestro cuello podía girar. Nos esforzamos, miramos en el retrovisor, se veía parcialmente el cuerpo sin vida de una culebra, casi en la mitad de la carretera.

_ ¿Si?
_Se murió, dijo el niño angustiado, tan angustiado como si se tratara de su madre.

_¿Nos das dos?

Sacó de una nevera de icopor dos bolsas de agua de coco. Estaban heladas, que placer.

_Era roja.

Le pagamos y arrancamos. Seguro un carro le pasó encima, quería cruzar la carretera, le dije a H. Seguimos en silencio, atesorando el sabor del último trago de agua de coco.

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