12/05/2010

Demencia (otra noche bogotana)

Lo que voy a contar hoy debí escribirlo en el momento mismo en el que pasó, pero algo me dijo entonces que no valía la pena, todavía hoy creo que no vale la pena, que no es una historia, que para que tuviera sentido en sí misma tendría que ser mucho mejor escritora de lo que soy hoy, que al ponerla en palabras sólo le quitaría toda su fuerza y la arruinaría. Pero, contradiciéndome, voy a intentarlo, con la esperanza de que si lo rompo podré intentarlo luego otra vez, escribiéndolo de una forma más literaria. Ahora lo contaré con palabras llanas y simples, descuidadas como las de un diario, no pretenderé ninguna jugarreta, ningún truco escondido, simplemente los hechos, tal cual ocurrieron, en su perfecto orden cronológico. Será un testimonio, hagan de cuenta que me encuentro en una estación de policía y me dispongo a dar testimonio de la parte de la historia que yo ví.

Es una noche fría de invierno (8 grados), está lloviendo, voy caminando para mi casa, pero estoy lejos, muy lejos. Además es tarde ya, más de las diez en un día entre semana, en Bogotá, una ciudad donde la gente no sale porque tiene miedo de las calles. Yo voy muy alegre, debo ir excepcionalmente alegre para embarcarme en semejante travesía, a esa hora ya no pasa bus para mi casa, la idea de subirme a un transmilenio y hacer transbordo me repugna y no quiero pagarle a un taxista que va a hacer todo lo posible por tomar el camino más largo y absurdo para poder cobrarme el triple del valor justo, además llevo el mp3, tengo sombrilla, y llevo botas para la lluvia. Lo tengo todo para una historia de alguien que camina en una noche fría por las solas calles de la ciudad.

Voy oyendo Yoav y camino rápido, bajo por la 44 con séptima y paso al lado de unos tipos que están discutiendo, no veo cuántos son pero el tufo de uno de ellos alcanza a llegarme, yo sigo mi camino rápidamente. Minutos después esperaba cruzar la 13 cuando oí algo detrás de mí, le puse pause a Yoav y volteé a mirar. Era un hombre de unos treinta años, delgado y pálido, con una camiseta amarrilla.Gritaba y lloraba desesperadamente, venía corriendo, yo me asusté, el hombre me miró por unos segundos pero siguió descontrolado, mirando a todos lados con una angustia visceral. Logró cruzar la calle unos segundos antes que yo y me adelantó, había gente apoyada en las paredes protegiéndose de la lluvia, la luz amarilla del alumbrado público se reflejaba en los charcos de agua sucia, el hombre corría adelante mío y gritaba desesperado mientras se cogía la cabeza entre las dos manos y miraba al piso y al cielo alternadamente: ¡No, Dios mío, ¿por qué Dios mío, por qué? Luego se daba cuenta de lo desprotegido que estaba, miraba a todas partes y corría para cualquier lado, como un animal enjaulado, con el rostro empapado por la lluvia y las lágrimas. Yo en algún momento le había puesto play a la música y sonaba Moonbike. El hombre se devolvió y ahora corría directo hacia mí. Me planté con seguridad y lo miré, cuando estaba a poco menos de un metro de distancia se desvió esquivándome al pasar. Miré a la gente a mi alrededor, todos tenían miedo, agazapados bajos los techos sobresalientes de las tiendas me observaban como testigos mudos, casi como espectros.

En lo primero que pensé cuando lo vi fue en la muerte, recuerdo haber pensado que ese hombre acababa de matar a alguien o alguien acababa de morir trágicamente frente suyo.

Seguí mi camino, resuelta a olvidar el asunto, unas cuadras abajo de la 45 quise coger un taxi, pero no pasó ninguno y pensé que sería más peligroso esperar en la calle que seguir caminando, así es que aceleré el paso y le subí un poco el volumen a la música. La 45 estaba sola, no me encontré a más de dos personas hasta llegar a la 24. Voltié por la 24, teniendo precaución en cada esquina, no se veía a nadie, de vez en cuando, después de varias cuadras divisaba en la distancia algún alma recelosa que caminaba rápidamente como yo. El camino fue largo, pero lo recorrí velozmente. Recordé la angustia del hombre y deseé que todo no hubiera sido más que un viaje a una pesadilla ajena y que aquel hombre despertara pronto. Todavía hoy lo recuerdo así, como si la vida real se hubiera metido por un recodo a la pesadilla de alguien que duerme. Afortunadamente pude mantenerme intacta y retornar a salvo. Tal vez el secreto para retornar a salvo es ponerse la máscara de espectro que tenían todos aquella noche, excepto el hombre que interrogaba a Dios y no obtenía respuesta. Por instantes sentí el roce de la demencia.

1 comentario:

  1. que anécdota. Quizá sin importancia como dictas, pero sí que dejo una fuerte impresión.

    Saludos

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