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11/13/2013

La revolución del 2100



En el 2100 la revolución se marcó por un gran número de cosas complejas y diversas, pero estoy segura de que las directas responsables, o la principal causa de dicha revolución fueron las empresas para reparación de gente rota y las empresas fabricantes de somnífero para la muerte. Su aparición cambió para siempre la percepción de la vida, y en los primeros tiempos causó una confusión tremenda que acabó con buena parte de la población. Por aquel entonces todo el mundo se rompía de vez en cuando, la gente seguía buscando el amor y estrellándose cada tanto, o más bien, estrellándose continuamente.

La primera empresa de reparación de gente rota apareció en una ciudad de Suramérica, eso es seguro, aunque hay quienes sostienen que apareció en Ciudad de México. Yo creo, como la mayoría de historiadores, que fue en Bogotá. El tratamiento era sencillo, la daban a uno una bebida que al cabo de unos minutos lo ponía a vomitar, la gente vomitaba una especie de roca rodeada de una espuma blanca e inodora y salía como nueva, esto funcionaba únicamente para la gente que se había roto por una pena de amor, pero curiosamente en ese entonces esta era la causa del 100 por ciento de las rupturas, fue después que la gente empezó a romperse por causas diferentes.

Como era de esperarse, la cura a las penas de amor terminó provocando otro tipo de penas, por aquello de que a todo antibiótico le sale un nuevo enemigo más resistente. Hubo quienes se resistieron a la tendencia del mercado: acudir a las empresas de reparación de gente rota, pero fueron pocos y al final igual sucumbieron porque los beneficios saltaban a la vista. Como cualquiera podía curarse fácilmente del roto dejado por las penas de amor, la gente se precipitó al amor y por un tiempo  tuvo la ilusión de felicidad, o  fue realmente feliz,  hasta que el tiempo trajo rupturas por otras causas, como ya dije.

Es un tema complejo este de las empresas de reparación de gente rota, siga leyendo aquí en Hoja Blanca.

6/10/2013

EL ANZUELO


Pese a su nombre su muerte no podría calificarse de digna. Pensándolo bien no había nada de digno en él, la seriedad de su rostro no recordaba la dignidad sino el malhumor. Era de mal genio, esto explica en parte el que haya muerto en una pelea. De un machetazo en el cuello.

Lo del machetazo escandalizó a todo el pueblo, Digno no había sido tan malo para morir así. No era un tipo malo, sólo malhumorado. Era un hombre responsable, un pescador juicioso que llevaba la comida a su familia. Bebía como todos, pero no era malo, de mal talante quizás. Corto de entendederas. 

Espero equivocarme al decir que todo el pueblo se escandalizó, quiero creer que hay unos pocos que recuerdan el episodio de Oliverio, después de todo yo no era el único que estaba en la ensenada ese día, había también pescadores y gente del parque. Todo se repetía igual que los amaneceres anteriores, Digno subía las carnadas a la canoa antes de tiempo y las gaviotas y pelícanos se aprovechaban y se robaban unas cuántas antes de que los espantara.

Era terco el hombre, yo llevaba ya un tiempo observando a los pescadores y ninguno cometía este descuido, lo último que subían era las carnadas y mientras tanto se cuidaban de taparlas y ponerlas en un lugar seguro. Digno no aprendía la lección y todas las mañanas yo era testigo de su pelea con los pájaros. Lo veía alejarse iracundo, maldiciendo a los pelícanos, de espaldas al sol.

En la estación le habíamos cogido cariño a Oliverio, tenía una expresión digna, sobrellevaba su vejez con gracia. Como todos los pelícanos viejos no podía ir muy lejos, estaba cansado y su visión se había deteriorado. Comía las sobras que encontraba en la ensenada y lo que nosotros le dábamos, pero siempre tenía hambre. El día anterior a su muerte le había robado buena parte de las carnadas a Digno que montó en cólera y lanzó una sarta de insultos y maldiciones, me las pagarás pajarraco de mierda.

No era la primera vez que Oliverio le robaba. Yo había tratado de hacerle entender  al pelícano que no debía hacer eso, pero pronto entendí que era Digno el que debía aprender a cuidar sus carnadas.

Al otro día de haber amenazado a Oliverio Digno llegó un poco más temprano que de costumbre, me saludó con una risa burlona y empezó su rutina de preparación para la pesca, como siempre dejó las carnadas expuestas a los pájaros. Vi, como tantas veces ya, a Oliverio robándole la carnada. Parecía que la escena iba a repetirse igual que siempre, pero esta vez Digno esperó a que alzara el vuelo y jaló el hilo de pesca desgarrándole la garganta. Lo vi caer al mar.

De eso hace ya un par de semanas, esta mañana recibimos aquí en la estación la noticia de la muerte de Digno. Nadie se ha atrevido a comentar nada. Almorzamos en silencio.


11/08/2012

EL USURPADOR*


Hace unos años tuve un novio usurpador. Al principio no me di cuenta, pero después fue descuidándose tanto en sus métodos que terminé descubriéndolo. Al principio se trataba de un usurpador enamorado, después de un usurpador al que ya no envolvía la burbuja del amor, es decir, un vulgar usurpador. Por ese entonces yo ya sabía que era escritora, pero es posible que aún quedara en mí un pequeño resquicio de duda por el que él se introdujo logrando incluso que su nombre apareciera en mi primer libro. Me pareció justo porque aprecié sus sugerencias respecto a puntuación y asuntos que podrían considerarse técnicos, no me pareció una usurpación, quizás no lo era aún. Luego la campaña de usurpación empezó a ganar terreno poco a poco, un ejército de diminutos soldaditos que comenzó de pronto a reproducirse.

El usurpador quería ver todo lo que yo escribía antes de que fuera publicado, empezó a hablar como una gran autoridad en la materia y los soldaditos diminutos se convirtieron en uno solo muy grande, uno gigante, frente al cual yo era minúscula. Al principio me dio algo de temor y es posible que le haya seguido el juego por un tiempo, después la escritora que estaba dentro mío se hartó, había ido creciendo tanto o más rápido que los pequeños soldaditos y ya superaba al gran soldado. La escritora soy yo, me dijo, soy yo la que publicó un libro, la que escribe para un par de revistas, la que lleva un blog, por qué ha de ser él la autoridad en la materia ¿acaso he visto alguno de sus escritos?

Me alejé. Tiempo después nos vimos por ahí, le conté sobre mi trabajo de escritora fantasma y me propuso que se lo cediera, así yo no tendría que escribir y ganaría el 20 por ciento de lo que ya ganaba sin hacer “nada”, él sería el fantasma del fantasma. Se le zafó un tornillo, pensé, este usurpador está chalado. El soldado,  antaño grande, se había reducido mucho y  ya casi tenía que verlo con lupa, pero todavía estaba en pie. Para el final de la taza de café ya se había desmoronado y en el cúmulo de su polvo no podía verse nada de su figura de antes cuando casi fue un usurpador satisfecho, conquistador de vastos terrenos. 

*Usurpador: Quien se arroga la dignidad, empleo u oficio de otro y los usa como si fueran propios.