7/05/2014

Ampliación del campo de batalla

Un fragmento:

"Gérard Leverrier era gerente en la Asamblea Nacional, en la misma sección que Veronique (que trabajaba allí como secretaria). Gérard Leverrier tenía veintiséis años y ganaba treinta mil francos al mes. Sin embargo, Gérard Leverrier era tímido y depresivo. Un viernes de diciembre por la tarde (no tenía que volver el lunes; había cogido, un poco a su pesar, quince días de vacaciones "por las fiestas"), Gérard Leverrier regresó a su casa y se disparó una bala en la cabeza.

La noticia de su muerte no sorprendió del todo a nadie en la Asamblea Nacional; allí era conocido, sobre todo, por las dificultades que tenía para comprarse una cama. Había decidido la compra hacía meses, pero no conseguía concretar el proyecto. Por lo general, la gente contaba la anécdota con una leve sonrisa irónica; sin embargo no es cosa de risa, comprarse una cama, en nuestros días, presenta sin duda considerables dificultades, y hay motivos para llegar al suicidio. Para empezar hay que prever la entrega y por lo tanto, en general, tomarse medio día libre, con todos los problemas que eso conlleva. A veces los repartidores no aparecen, o bien no consiguen subir la cama por la escalera, y uno corre el riesgo de tener que pedir otra media jornada libre. Estas dificultades se reproducen con todos los muebles y aparatos electrodomésticos, y la acumulación de preocupaciones que se derivan de esta situación puede ya desquiciar seriamente a un ser sensible. Pero, entre todos los muebles, la cama plantea un problema especial y doloroso. Si uno no quiere perder el respeto del vendedor está obligado a comprar una cama doble, aunque no le vea la utilidad y tenga o no sitio para ponerla. Comprar una cama individual es confesar públicamente que uno no tiene vida sexual, y que no cree que la tendrá en un futuro cercano ni lejano (porque las camas, en nuestros días, duran mucho tiempo, más que el periodo de garantía; es cosa de cinco, diez, incluso veinte años; es un seria inversión, que compromete prácticamente durante el resto de la vida; las camas duran, por término medio mucho más que los matrimonios, la gente lo sabe perfectamente). Incluso si compras una cama de 140 pasas por pequeñoburgués mezquino y tacaño; a los ojos de los vendedores, la cama de 160 es la única que vale la pena comprar; y entonces mereces su respeto, su consideración, incluso una ligera sonrisa de complicidad, sólo te dan estas cosas con la cama de 160."

6/18/2014

Bordados mexicanos


Bordados mexicanos from Camila Bordamalo on Vimeo.

Me llamo Aram

En la pasada feria del libro de Bogotá tuve un hallazgo feliz: Me llamo Aram (My name is Aram) 1940, del escritor y dramaturgo armenio-estadounidense William Saroyan. Años antes había leído El joven audaz sobre el trapecio volante y había quedado fascinada, seducida por la sinceridad de sus relatos, por la curiosidad inocente e infantil del narrador. Los libros de Saroyan tienen el encanto de venir de un mundo donde no existía la tecnología (al menos no en un estado avanzado como el de ahora), un mundo lento donde todavía había tiempo para pensar y para observar, donde lo que pasaba en otros lugares del planeta era misterioso para todos. Las historias de Saroyan fueron muy populares durante los años de la Gran Depresión; él era hijo de inmigrantes armenios pobres provenientes de Turquía que llegaron al oeste de los Estados Unidos. La mayoría de los cuentos de Saroyan retratan el universo provinciano del oeste y giran en torno a sus primeros años de vida.


William Saroyan nació en Fresno, California, su padre, que tenía un viñedo y había sido educado como ministro presbiteriano, murió en 1911 a causa de una peritonitis cuando Saroyan tenía apenas tres años. William y sus hermanos fueron llevados a un orfanato. Seis años después se reunieron con la madre en Fresno. En 1921 Saroyan asiste a la escuela técnica para aprender mecanografía, pero tiene que abandonar los estudios a los 15 años, es entonces cuando su madre le muestra algunos escritos de su padre y William decide hacerse escritor. Con ingresos obtenidos penosamente en trabajos ocasionales y en su empleo más estable en la compañía de Telégrafos de San Francisco, donde trabaja como administrador, logra continuar sus estudios. Lea la entrada completa en revista corónica